Desde la conformación del Diseño Gráfico como profesión propiamente tal a principios del siglo XX, hasta nuestros días, han surgido y evolucionado una serie de modelos, metodologías y principios que intentan configurar la disciplina desde distintas ópticas y con distintas implicancias en sus fundamentos y prácticas.
La mayoría de estos modelos indican que los proyectos de diseño se pueden abordar definiendo algunos aspectos esenciales: definición de un problema, de necesidades y requerimientos para que junto con una investigación de contexto se puedan elaborar objetivos y estrategias para abordar soluciones factibles y funcionales que surjan desde la expresión de sensibilidades y la creatividad. La implementación de estas soluciones deben adecuar las tecnologías a las limitaciones propias de la producción. Finalmente en general se proponen instancias de evaluación y retroalimentación que permitan cerrar el proceso de diseño.
Junto a lo anterior, principios generales plantean que un buen diseño debiese ser comprensible, simple, honesto, coherente, respetuoso, útil, innovador y eficaz. En la actualidad, visiones limitadas del diseño, tales como soluciones centradas solo en aspectos comerciales, centradas en aspectos técnicos del producto, o centradas en propuestas artísticas personales del diseñador, pierden preeminencia frente a conceptos como el diseño de experiencia y el diseño centrado en el usuario, en donde se busca no solo responder a las necesidades de los usuarios o consumidores, sino además lograr un nivel de satisfacción que conecte emocionalmente con las personas.
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